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México D.F. Jueves 22 de Agosto de 2019 | 11:25


  • Mónica Uribe

    Mónica Uribe


01-04-2019 ¿Disculpas?....¿para qué?

La filtración de la carta del presidente López Obrador al rey de España es un hecho político singular, porque se trataba de una negociación de altos vuelos - por decirlo así - con miras a la conmemoración del quinto centenario de la caída de Tenochtitlan o la conquista de México.

En lo personal, me parece un asunto zanjado y me asumo como producto de los infinitos cruces de razas que sólo pueden darse en este país, donde de verdad confluyeron Oriente y Occidente a la mitad del camino. México, quiérase o no, es un país de migrantes y mi entorno familiar refleja esa situación. Por eso me parece fuera de lugar y extemporáneo la exigencia de una disculpa a los españoles actuales por los abusos de la conquista, cuando precisamente ni ellos ni sus ancestros fueron los responsables. En todo caso son los ancestros peninsulares de muchos mexicanos - me incluyo - los que tienen responsabilidad. Pero cuando pienso en los mexicanos con doble nacionalidad - mi hijo y su padre, mis hermanos, mis primos - realmente siento que el conflicto se pone peor: ni modo que se exijan a sí mismos disculparse por las atrocidades de una conquista que al final de cuentas los constituye hasta genéticamente, aunque también son producto de migraciones mucho más cercanas en el tiempo, como el propio presidente López Obrador.

He cavilado sobre las razones de la exigencia “diplomática” y no puedo menos que pensar de que se trata de una cuestión ideológica. La cuarta transformación requiere de un nuevo discurso historiográfico para la construcción del nuevo sistema político que pretende configurar López Obrador, quien se erige como el caudillo que sacará a México de la corrupción y la pobreza. Esta empresa fue encomendada, a la esposa de López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, como presidenta honoraria de la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México, unidad administrativa de reciente creación cuyo objeto es garantizar la pervivencia de la memoria de la “epopeya” de su cónyuge como “el creador” un nuevo régimen.

Según se dice se menciona y se comenta en corrillos, la idea de enviar una carta no sólo a Felipe VI, sino al Vaticano y a los gobiernos de Francia y Austria (que no han recibido tal misiva, al parecer), solicitando ¿exigiendo?, que dichos gobiernos pidan perdón a los pueblos originarios de México por los atropellos infligidos, fue idea del director del Fondo de Cultura Económica - Paco Ignacio Taibo II - y de la señora Gutiérrez de López. Es curioso que ambos tengan tan poco en común con los pueblos originarios, especialmente Taibo que nada tiene de indígena, y sean ellos precisamente quienes exijan una revisión historiográfica de la Conquista y el periodo virreinal, aparejada con las disculpas del reino de España y de la Santa Sede a los pueblos originarios por los abusos derivados de los tres siglos de dominación española, según ellos con el propósito de reflexionar sobre la memoria histórica para una auténtica reconciliación de los pueblos.

La historia es una de las disciplinas que más amateurs tiene y eso no tiene nada de malo. Yo misma no soy historiadora de origen, sino politóloga aunque estudié la maestría y el doctorado en historia. La historia tiene una metodología y una teoría propias que le dan una identidad y sentido para realmente hacer historia, si no de una manera absolutamente neutral, sí lo suficientemente ilustrada como para reconocer avances y la existencia de distintos enfoques, sin más pretensión que la búsqueda de la verdad. En este caso, el problema real es la instrumentalización de la historia desde las esferas políticas. Dicho de otro modo, estamos ante la invasión de la autonomía científica de la historia - que es una narración con el propósito de verdad lo que le distingue básicamente de la literatura – por intereses políticos, cuyo propósito no es la verdad, sino la gestión del poder.

Es evidente que la nueva clase política se aferra a la historia oficial posrevolucionaria sustentada no sólo en verdades a medias, sino francamente dependiente de la leyenda negra antiespañola generada por las corrientes historiográficas positivistas germanas y del el mundo anglosajón, que desde el siglo XVI se enfocaron a presentar una imagen patética de España, en aquel entonces en pleno esplendor. Esa leyenda negra fue la que los criollos novohispanos y posteriormente los liberales del siglo XIX asumieron como parte de la legitimación del nuevo Estado nacional, que los orilló a defenestrar todo lo que oliese a la herencia hispánica y a buscar un modelo alternativo; lo hallaron en Estados Unidos. Eso explica por qué es más fácil para López Obrador pasar por alto las ofensas de Trump, que dejar de quejarse por la conquista después de quinientos años y doscientos de vida independiente.

El avance en la escritura de la historia sobre la etapa virreinal y la conquista; ha derribado muchos mitos, especialmente los relacionados con la intrínseca bondad de los pueblos originarios y la maldad de los conquistadores, sin cegarse ante las atrocidades cometidas. Tan real es el tzompantli como el apoyo a los tlaxcaltecas a los conquistadores españoles, lo mismo que la acción evangelizadora de la Iglesia que atemperó la crudeza de la conquista como el forzamiento inicial a la conversión. Este reclamo presidencial de perdón para la reconciliación de cara a los 500 años de la caída de Tenochtitlán tiene una veta pararreligiosa con la que personalmente no concuerdo, porque da la impresión de que todo lo quiere resolver a partir de esta fórmula del perdón como corolario de la justicia, lo que está muy bien para un discurso salvífico y espiritual, pero no para un jefe de Estado laico, y menos cuando se trata de una demanda reiterada que desconoce hechos históricos.

Tanto España como la Santa Sede se han disculpado con anterioridad por los abusos de la conquista de América. En diciembre de 1836, España y México entablaron relaciones diplomáticas mediante el tratado Santa María-Calatrava (Miguel Santa María por México y José María Calatrava por España). Ambas partes juraron perdonarse para siempre por todos los agravios. Dicho tratado fue suscrito por el presidente José Justo Corro (1836-1837) y por María Cristina de Borbón, regente durante la minoría de edad de su hija Isabel II. Por lo que toca a la Santa Sede, el vocero del Vaticano afirmó que el Papa Francisco ya había pedido perdón en Bolivia en 2017 y desde 1992, Juan Pablo II hizo lo propio.

Otro de los argumentos es que existe un odio generalizado por los españoles en el siglo XXI. Me parece una afirmación bastante temeraria, aunque también es cierto que hay algunos núcleos antihispanos, como el del diputado tabasqueño (de Morena) que demostró ser un xenófobo de primera (aparte de ignorante) al declarar que los “españoles eran la peor raza”. No se ha enterado de que si hubiesen llegados los ingleses en lugar de los españoles a las costas de Tabasco, probablemente no existiríamos ni él ni yo ni los descendientes de los pueblos originarios.

Es verdad que el encono contra España y la Santa Sede fue un discurso recurrente de los liberales mexicanos durante el siglo XIX y las primeras tres décadas del siglo XX. Pero resucitarlo es un sinsentido. Ello no obsta para exigir que se aplique cabalmente la legislación nacional a las empresas españolas que actualmente se han beneficiado de las prácticas corruptas, tampoco para exigir transparencia a la Iglesia.

Ahora hay una irritación innecesaria diplomática innecesaria que procede del interés por construir una imagen ultranacionalista del nuevo régimen, mediante la instrumentalización del discurso histórico para ajustarlo a las necesidades políticas de legitimación. De paso constituye una cortina de humo distractora de las acciones de gobierno que resultan cuestionables y criticables, creando un enemigo externo artificial sobre el cual cebar todos los rencores. Culpar a España o a la Iglesia de todos los males que históricamente han aquejado a los mexicanos es una de las tantas facetas del socorrido victimismo nacional. La politización de la historiografía no suele arrojar buenos resultados, menos si está mal hecha.

¿No se da cuenta López Obrador que al construir un nuevo discurso ultranacionalista refuerza entre un importante segmento poblacional la idea de que estamos entrando en una espiral autoritaria?

 

 

 

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Mónica Uribe

Mónica Uribe

Politóloga e Historiadora


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