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México D.F. Lunes 24 de Junio de 2019 | 21:15


  • Mónica Uribe

    Mónica Uribe


09-04-2019 El Pastor Andrés

Dada mi educación laica e integracionista, eso de mezclar religión con la política siempre me pareció extraño y me lo sigue pareciendo. Ahora, más que extraño, me parece peligroso. En 2000, consideré que un crucifijo en la inauguración de Vicente Fox era bastante poco laico, aunque me gustó la transparencia del ex presidente al aceptar que era católico militante y que asistía a misa dominical. Nunca lo escondió, ni hubo duda acerca de su filiación religiosa. De sus antecesores priistas poco se puede decir, porque se cuidaron bastante de expresar su confesión religiosa; todos fueron culturalmente católicos, aunque hubo algunos agnósticos como Luis Echeverría. Durante su sexenio, ninguno de los ex presidentes priistas desde Ávila Camacho hasta Zedillo, que se sepa, fue abiertamente practicante; manejaban el tema religioso de manera muy discreta en lo personal, aunque sus familias eran más abiertas al respecto. Recordemos, por ejemplo, las bodas religiosas de las hijas de José López Portillo y la primera comunión de Nilda Patricia Zedillo, ocurridas durante los periodos presidenciales de sus padres. También, los hijos de algunos presidentes priistas iban a colegios religiosos, por ejemplo, Alfredo Díaz Ordaz Borja.

De los dos presidentes panistas ni del último priista hubo duda sobre sus creencias religiosas: eran abiertamente católicos, pero ninguno intolerante a otros cultos. En cambio, el presidente López Obrador ha sido complicado hasta en eso. Mucha gente cree, erróneamente, que es evangélico. Hace muchos años, cuando su primera esposa vivía, esto antes del 2003, se le veía cada domingo en misa en la parroquia de Santa María Reina, mejor conocida como el CUC, a escasos metros de Ciudad Universitaria. Esto me lo confirmó un padre dominico que estaba adscrito a esa iglesia.

AMLO es católico, tanto que si no lo fuese no se entendería que haya invocado al Sagrado Corazón de Jesús y enseñado una estampa con la imagen, sacándola de su cartera. Ante los obispos de la CEM, según refieren fuentes cercanas, aseguró ser católico pero que buscaba acercarse a los cristianos de otras denominaciones, como signo de pluralidad; por eso aceptaba bendiciones públicas de pastores evangélicos y lo mismo se puede decir del performance posterior a su toma de posesión en el Zócalo cuando fue sahumado por chamanes de los pueblos originarios y con los ritos propiciatorios a la Madre Tierra para la construcción del Tren Maya. Aunque resulte anecdótico, todo esto revela el talante místico, aunque pragmático de López Obrador.

Lo más reciente sobre la religiosidad que le anima fue el “sermón” del fin de semana pasado. López Obrador dijo, palabras más o menos, que no se puede ir a la Iglesia ni al templo los domingos si se es deshonesto, porque se violan los mandamientos, que la deshonestidad y la mentira son pecado social y que ya está hasta el copete de los pleitos. No es broma, el presidente de la República parece convertirse en un “rey-profeta” cuasi bíblico que puede determinar quién peca y quién no. Está entre un moderno Aarón - hermano mayor de Moisés y supremo sacerdote de Israel -  y el rey David - rey y sacerdote-. Es obvio que en un Estado nacional laico como es México, un presidente que sermonea al pueblo y le dice si es apto o no para acudir a un sitio de culto está fuera de lugar. López Obrador trasgrede el espacio privado de la fe y el público de la manifestación de esa misma fe. Por supuesto que le asiste el derecho a profesar la fe que mejor la acomode y hasta expresarla, pero sucede que en este momento es presidente de México, por lo que es un ciudadano singular cuyo criterio tiene un peso excepcional entre el resto de la población. El que nada más hable de los diez mandamientos atañe a las religiones abrámicas – judíos, cristianos y musulmanes -  pero ¿qué pasa con el resto?

Da la impresión de que el presidente López Obrador tiene la idea, ojalá me equivoque, de que sólo la gente religiosa es buena o susceptible de tener una ética. A un ateo o a un agnóstico francamente no le interesa ir a un templo, pero puede tener una moralidad y una ética impecables. Y como de todo hay en la viña del Señor, resulta que este país tiene una pluralidad religiosa nada desdeñable. Entonces ¿por qué el presidente sólo se dirige a quienes profesan una fe religiosa? Todos, creyentes o no, somos mexicanos ¿o no?

El usar un lenguaje religioso o pararreligioso desde una tribuna política puede resultar peligroso. Lo absoluto no puede mezclarse con lo contingente sin riesgo de caer, en este caso, en el mesianismo. El horno no está para Savonarolas tropicales. Y eso es precisamente el principal punto de crítica desde ya hace algunos lustros. La tesis de Enrique Krauze sobre la personalidad mesiánica de López Obrador se está comprobando punto por punto.

Lo que me extraña es que sólo a pocos parece molestarles este tono pararreligioso del discurso presidencial y poco o nada le afecta al presidente en términos de aprobación popular. Se podría decir que en algunos sectores hasta gusta ese talante redentorista. Sin embargo, la democracia significa gobernar para todos y garantizar el derecho de las minorías. Justo es eso lo que se espera de un presidente de la República, que respete y haga respetar el orden constitucional por todos y para todos. Ello significa no excluir a quien carece de convicciones religiosas. Ojalá el presidente se dé cuenta de que la laicidad, entre otras cosas, supone el absoluto respeto a quienes difieren de nuestros puntos de vista y, también, que el tono religioso no es recomendable para su investidura.

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Mónica Uribe

Mónica Uribe

Politóloga e Historiadora


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