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03-07-2019 #PrideCDMX ¿Por qué festejar el orgullo gay?

 

VENUS REY JR.

La década de 1960 fue muy activa en movimientos pro libertades civiles y derechos humanos en Estados Unidos. Los afroamericanos, después de mucho esfuerzo y sacrificio, conquistaron la plena igualdad con el apoyo del gobierno federal y muy a pesar de los estados racistas del sur. Paralelamente, la liberación sexual fue un movimiento que sacudió los cimientos de la sociedad estadunidense. Y por si todo esto fuera poco, hacia finales de la década, los colectivos pacifistas se opusieron con energía a la guerra de Vietnam, y la comunidad gay, que dejó de ser pasiva ante las constantes humillaciones de la autoridad, se alzó en lucha por sus derechos.

El 28 de junio de 1969 es un día muy importante, no sólo para la comunidad gay, sino para los derechos humanos. La madrugada de esa fecha, la policía realizó una de sus habituales redadas en un bar gay, el Stonewall Inn, situado en el Greenwich Village de Nueva York. Era habitual que estos actos abusivos fueran realizados por la policía, para amedrentar y humillar. En el operativo, la policía dejó que las personas que vestían con normalidad se marcharan, pero detuvo a quienes, a su juicio, faltaban a la moral. Pero en vez de irse a sus casas, las personas que salían del bar se fueron congregando afuera. Al final salieron los policías con las personas detenidas. Una mujer lesbiana que ya había sido sometida, fue arrastrada ante la mirada indignada de quienes estaban en la calle. Antes de ser subida a una patrulla, la mujer increpó a la multitud: «Pero, ¿es que no vamos a hacer nada?» Alguien entonces arrojó un objeto a la policía, y luego otra persona arrojó latas, y luego un grupo más numeroso lanzó basura y otros objetos, hasta que alguien aventó un ladrillo y rompió el parabrisas de la patrulla. La multitud se lanzó contra los policías y éstos, que sólo eran ocho, tuvieron que replegarse y refugiarse al interior del bar. La multitud destruyó la patrulla y liberó a los arrestados. Al poco tiempo llegó el cuerpo antidisturbios de la policía de Nueva York, pero lejos de que la multitud se dispersara, muchas personas del Village se sumaron a la protesta. Los disturbios duraron al menos tres días. Esa madrugada de hace cincuenta años, nació el “Gay Power”, el “Orgullo Gay”.

Un año después, el 28 de junio de 1970, la comunidad gay organizó una marcha para conmemorar los acontecimientos del Stonewall Inn. Pero no sólo fue Nueva York. También hubo marchas en San Francisco, en Chicago y en Los Angeles. Un año más tarde, 28 de junio de 1971, la conmemoración fue en el Central Park y acudieron decenas de miles de participantes. Se sumaron muchas ciudades más. El movimiento había ganado fuerza y ya no era posible detenerlo. Curiosidades de la historia, pero hasta hace unas semanas, el 6 de junio pasado, el comisionado del Departamento de Policía de Nueva York, James O’Neill, ofreció una disculpa pública y formal en nombre del propio Departamento y de la ciudad de Nueva York, por los acontecimientos del 28 de junio de 1969. Aunque un poco tarde, las disculpas fueron recibidas con júbilo.

He visto que mucha gente no está de acuerdo con estas manifestaciones. Grupos evangelistas y católicos extremos y sectores muy conservadores y tradicionalistas de la sociedad abominan estos festejos y sostienen que la homosexualidad es contra natura. Estas personas niegan que los homosexuales puedan contraer matrimonio y formar familias, y maldicen la posibilidad de que la legislación les permita adoptar. También se pronuncian en contra de que los homosexuales puedan tener acceso a la seguridad social y otros derechos.

El movimiento gay se ha extendido a otras comunidades. Ya no sólo son los hombres gays y las mujeres lesbianas, sino también los bisexuales, los transgénero, los travesti, los transexuales, los intersexuales, los queer, los asexuales. Que a una persona le sean negados derechos por su orientación sexual, lo que virtualmente lo convierte en ciudadano de segunda, y que tal negación se funde en una escritura que se reputa “sagrada”, pero que en realidad es una serie de escritos que ya tienen varios milenios de existencia –los primeros escritos datan de la Edad del Hierro– y que fueron la ley para una sociedad agrícola y rural, es simplemente irracional, más si esa misma ley establece la esclavitud (Lv 25:44), permite que una hija sea vendida (Ex 21:7), señala que la mujer que menstrúa es impura y que quien la toque también es impuro (Lv 15:19), condena a muerte a quien trabaje el séptimo día de la semana (Ex 35:2), prohíbe que los enanos, los jorobados, los que tengan vista defectuosa, los ciegos, desfigurados y deformes se acerquen al altar para presentar ofrendas al Señor (Lv 21:18), condena a muerte por lapidación a los blasfemos (Lv 19:10-16), y tantas cosas más…

Si no lo veo, no lo creo. Pero es verdad. En pleno siglo XXI, hay sectores que rechazan, con mayor o menor vehemencia, a estas comunidades de orientación sexual alternativa, y que fundan su actuación discriminatoria en esa “escritura”. La escritura, por ser considerada palabra de la divinidad, no puede ser cuestionada ni controvertida. Que valga tal pretensión, siempre y cuando no trascienda la esfera privada de las creencias. Mientras se mantenga en el fuero interno es respetable, pero que se pretenda que esas ideas permeen la legislación, es simplemente inaceptable. Que estos grupos pretendan que las personas LGBT y afines no tengan los mismos derechos que otras personas, a quienes asumen “normales”, es discriminatorio y regresivo. Una sociedad progresista y libre no debe permitirlo, aunque esos grupos se enojen, reaccionen –en el sentido de reaccionario– y protesten.

Es verdad que el Antiguo Testamento condena toda práctica homosexual y la considera abominable y aberrante, tanto que la castiga con la muerte. Por desgracia las tres religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam) tradicionalmente han condenado la homosexualidad. No obstante, y considerando que hay pocas referencias a la homosexualidad en el Nuevo Testamento, hay que subrayar que este texto, al menos desde mi punto de vista, no condena a los homosexuales a muerte, como sí lo hace Levítico 20, 13: «Si alguien se acuesta con un hombre como si se acostara con mujer, se condenará a muerte a los dos, y serán responsables de su propia muerte, pues cometieron un acto infame.» El Nuevo Testamento dice que los homosexuales no heredarán el Reino, pero no los condena ipso facto a muerte. Es más, parece que la homosexualidad, sin ser buena, no es lo más aberrante, y es equiparable a la inmoralidad (fornicación, onanismo, relaciones sexuales prohibidas entre hombre y mujer –la moralidad desde el punto de vista de esa “escritura”, claro–), al adulterio, a la idolatría, al afeminamiento, a la envidia, a la embriaguez, a la maledicencia y al engaño, como se desprende de Corintios 6, 9-10. Me da risa pensar que hay tantos creyentes y devotos, muy homofóbicos, por cierto, que incurren en la embriaguez o en la maledicencia, y que no saben que su conducta es equiparable al acto homosexual que tanto vilipendian. En este orden de ideas, el acto sexual entre personas del mismo sexo sería tan malo como el acto sexual entre personas de distinto sexo que sea diferente de la cópula propiamente dicha (introducción del miembro viril en la vagina con la finalidad de procrear). Así que si alguien homofóbico realiza actos sexuales diferentes de la cópula propiamente dicha –digamos, sexo oral, autoerotismo, tocamientos, sexo fuera del matrimonio–, está cometiendo un acto sexual del mismo nivel que el acto homosexual, secundum scripturas.

A pesar de que la ortodoxia religiosa abomina la homosexualidad, es necesario decir que las religiones abrahámicas tienen corrientes de pensamiento que van desde la más estricta observancia hasta posturas más progresistas. No es verdad que los sectores más conservadores de estas religiones tengan la verdad absoluta, como ellos claman. Así, el judaísmo reformista y el judaísmo reconstruccionista, por ejemplo, no sólo no maldicen la homosexualidad, sino la aceptan y hasta se pronuncian en favor del matrimonio igualitario (es decir, entre personas del mismo sexo). Es verdad que el judaísmo ortodoxo condena la homosexualidad, pero también es verdad que no es la única e inequívoca interpretación dentro del judaísmo. Es más, el judaísmo masorti, que es conservador, ha mostrado una actitud tolerante hacia la homosexualidad. Lo mismo sucede en el cristianismo. Existen algunas congregaciones evangélicas y algunas corrientes católicas que aceptan la homosexualidad, incluso aceptan, en el caso de los católicos, que las mujeres puedan ser sacerdotisas y que el celibato dentro del sacerdocio sea opcional. Desde luego los sectores más conservadores de estas religiones se oponen a todo esto y mucha gente, sin tener un panorama más abierto, puede llegar a pensar que la única voz válida es la del conservadurismo.

Después de todo, los cristianos son una minoría en el mundo. Aunque es la religión más numerosa (quiero decir, todos los cristianos: católicos, evangélicos, ortodoxos), no dejan de ser una minoría, pues no llegan ni al 30% de la población mundial. Imponer la condena a la homosexualidad y a la sexualidad alternativa basándose en la Sagrada Escritura y pretender que dicha condena se convierta en legislación estatal, de tal suerte que las personas homosexuales no tengan acceso a los mismos derechos que los demás, es un sinsentido, aunque fueran el 100% de la población mundial. Cualquier persona, sin importar su orientación o preferencia sexual, debe tener acceso al matrimonio, a la adopción (en calidad de adoptantes), a los derechos hereditarios, a la seguridad social. La marcha del sábado pasado es un recordatorio de esto, y por eso es tan importante.

Quizá el espíritu original de la primera marcha en Nueva York en 1970 se haya desdibujado. Quizá ahora la marcha sea más un acto excéntrico y extravagante, un aparador para grandes empresas (Amazon, Netflix, Uber, Scotia Bank, Prudence, Ford, Kellog’s, Marriott, Nike, Google, MasterCard, C&A, Procter & Gamble, etcétera, fueron algunas de las empresas que participaron el pasado sábado), e incluso un día para exhibirse, como algunos acusan. Aun así, no deja de ser cierto que negar a dos personas del mismo sexo la posibilidad de contraer matrimonio, o prohibir que una pareja constituida por personas del mismo sexo adopte, es discriminatorio, pues en ese momento estaríamos degradándolos a ciudadanos de segunda. Esto no se puede admitir.

Sería muy grave que todo lo que estas comunidades han alcanzado en los últimos 50 años, no sólo en Estados Unidos y en México, sino en todo el mundo libre, se perdiera. Y por eso hay que seguir apoyando la Marcha del Orgullo.

@VenusReyJr

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