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México D.F. Lunes 14 de Octubre de 2019 | 11:16


  • Luis Farias

    Luis Farias

  • 23-07-2019PODER, USO Y EJERCICIO

    Entre el uso y el ejercicio del poder media una gran diferencia.El poder suele ir acompañado de espacios, símbolos y contextos, lo importante es que éstos y su uso no substituyan la verdadera acción de gobierno.Todo poder tiene ubicación: un castillo, un palacio, una isla encantada, el Olimpo, el averno, la iglesia, el banco, la comisaría, el templete. Siempre va revestido de elementos que lo distinguen: corona, cetro, trono, banda presidencial, medallas, sotana, etc. Se da en un contexto de relación vertical de mando obediencia, que facilita expresiones de abyección, sumisión y hasta de adoración, lo que abre la puerta a desmesuras, locura y mesianismos. En la época moderna hay que agregar la cobertura mediática y de redes, que deja el mundo imaginado por Orwell como una sombra de caricatura.Toda está parafernalia tiene que ver más con el uso del poder que con su ejercicio. Por supuesto todo ejercicio del poder implica su uso. Imposible ejercer el poder sin hacer uso de él, pero el uso del poder no necesariamente hace gobierno, éste demanda, además de usar el poder, hacerlo funcional y efectivo en tanto instrumento de consecución de fines colectivos.El vocablo “uso” lo utilizamos aquí en su acepción de disfrute y aprovechamiento; en tanto que el de “ejercer” en el de practica o ejecución de funciones que le son propias al poder. Desde los griegos, política es discurso y acción; pues bien, bajo la óptica que aquí intentamos, el uso del poder no es una acción propiamente dicha, sino la representación de una acción. Por supuesto que representar es en sí un tipo de acción, pero es una acción impotente que no modifica la realidad, es una acción interpretativa, que hace presente algo a través de signos y símbolos, pero que no ejerce acción objetiva alguna. El uso del poder puede tener muchas expresiones, puede derivar -y suele hacerlo muy seguido- en un no uso del poder, cuando no en su abuso; en un disfrute y aprovechamiento pusilánime o despótico; ordenado o caótico; cuerdo o psicótico; depredador o manirroto. En capricho y ocurrencia, o bien en método y programa, no al menos en el sentido griego de la acción política. El uso del poder tiene que ver más con las formas que con el contenido; se relaciona más con el manejo de los símbolos que con la acción en la realidad. Es relativo a su percepción, no a su eficacia. El uso de poder es siempre más representativo y visual que la verdadera acción de poder, que suele ser sin brillo, densa, compleja y aburrida. El uso del poder siempre está relacionado con la gloria y el fasto: lo efímero y evanescente (pregúntenle a Peña); en tanto que el ejercicio del poder se actualiza en propósito y responsabilidad: lo consistente y factual.Cuando un general romano regresaba victorioso de alguna campaña militar, entraba en gran procesión mostrando sus armas, ejército y botín de guerra (tesoros y esclavos); buscaba la admiración del pueblo, usaba el poder, lo disfrutaba, hacía ostentación de él; pero el gran desfile glorioso solo dejaba a Roma gastos y basura. Una vez concluido, los romanos seguían su vida sin experimentar cambio alguno, salvo que éste fuese la toma del poder por parte del general. Era una ceremonia cívico religiosa llamada triumphus que celebraba y “consagraba” públicamente el éxito militar; el general lucía una corona de laurel y la toga picta, triunfal, de color púrpura y bordada en oro, que lo identificaba casi como monarca o, incluso, cual Dios. El origen del triumphusse remonta a Rómulo quien, según Plutarco, tras el rapto de las Sabinas enfrentó a Acron, rey de los Ceninetes, no sin antes hacer el voto que de vencer llevaría en ofrenda a Júpiter sus armas y así “Rómulo, para hacer su voto más grato a Júpiter, y más majestuoso a los ojos de sus ciudadanos (…) echó al suelo la encina más robusta: dióle la forma de trofeo, y fue poniendo pendientes en él con orden cada una de las armas de Acron; ciñóse la púrpura, y coronóse de laurel la cabeza poblada de cabellos; tomó luego con la diestra el trofeo, y apoyándole en el hombro, le llevó enhiesto, dando el tono de un epicinio (¿episodio?) triunfal al ejército que en orden le seguía; y en esta forma fue recibido por los ciudadanos con admiración y regocijo. Esta pompa fue el principio y tipo de los siguientes triunfos.” En contrapartida, el ejercicio del poder implica insertar en la forma en que se usa el poder -en sus espacios, fetiches y contextos-, destino y rumbo: no hay buen viento para quien desconoce a dónde se dirige. Lo anterior demanda causa, meta, ruta, carta de riesgos, perspectiva de tiempos, previsión de recursos, organización, equipo y coordinación. De entrada, demanda consenso, acuerdo, unidad de acción efectiva; política, pues.El ejercicio del poder reclama también forma, puede ser despótica o consensuada; oscura o transparente; abierta a la crítica o cerrada; confiada o paranoica; visionaria, ciega o dogmática. La forma es fondo, dijo Reyes Heroles: en la forma de tomar el taco se conoce al tragón y en la forma de ejercer el poder se conoce al estadista.Por si ello fuera poco, al ejercicio del poder le es indispensable una férrea voluntad política para llevarlo a cabo; inteligencia para flexibilizar su accionar acorde a las circunstancias, templanza ante la adversidad, humildad en los aciertos, así como en la disputa propia de la pluralidad; animosa en las desventuras, confiada frente a los descalabros, paciente en el manejo de los tiempos; sumisa ante los resultados y juicio histórico.El uso del poder, goza de los artilugios, en ellos se solaza, se pierde entre holanes y abyecciones, se ensordece en su monólogo, se infla de soberbia. Todo ello y más, pero no hace gobierno.El uso del poder embelesa y ciega, más no enseña. Si algo muestra la tragedia griega es que Zeus no es el Dios de la justicia y la sabiduría, sino del aprendizaje a través de la experiencia. En palabras de Esquilo: “que se adquiera la sabiduría con el sufrimiento.” Solo el ejercicio del poder enseña, doma, horma y norma el voluntarismo propio de la desmesura del poder. Sumergido en el uso del poder privan molinos de viento y espejismos, no hay más perspectiva que la del espejo; mientras que en el ejercicio del poder el hombre se mide ante la realidad y su adversidad, y de allí se conoce (conócete a ti mismo) y aprende sus alcances. Solo quien acciona sabe lo que errar y aprende de sus tropiezos. Quien vive para el reflector vive deslumbrado.De esta suerte, el uso del poder y la fruición del mismo no enseñan, antes engañan, alucinan; quien realmente entiende el poder sabe que su verdadero ejercicio es un calvario a la sabiduría por el sufrimiento.Solemos ver la parte lúdica y desmesura del poder, incluso los hombres del poder se esmeran por hacer gala de ello, pero siempre queda oculta su parte tórrida y dolorosa, a veces irracional, casi siempre sórdida y solitaria, incomprendida, impotente, lacerante. No son extrañas por tanto las psicosis en quienes lo viven y, más aún, en quienes lo han perdido.La experiencia histórica muestra que nada hay de fácil en gobernar, incluso los hechos nos confirman día a día la incapacidad real del Estado Nación ante fenómenos globalizados, de allí que hoy estén al alza los populismos que se sostienen en negar la realidad, simplificar su complejidad y vender soluciones mágicas, sin dolor e inmediatas; aunque en el fondo pavimenten el camino al averno.Es por todo lo anterior que la mayoría de quienes llegan al poder se entregan más al uso del poder -mientras dure- que a su ejercicio, siempre deficitario ante las exigencias crecientes de la terca realidad.El uso del poder facilita la fuga del gobernante de las cargas del gobierno y de la realidad irrebatible; el ejercicio del poder lo sumerge en ellas.Este texto, por cierto, lo motivó la pareja presidencial convertida en guía de turistas de los aposentos de Juárez en Palacio Nacional, quizás en una inconsciente invitación a que en cien años alguien muestre los suyos. El lapsus del caso es que pudiéramos deducir que para ellos tiene más importancia donde viven, que las políticas, programas y acciones del gobierno. El hecho no reviste la menor importancia, salvo la que el propio presidente insiste en otorgarle, como si -repito- dónde y cómo dormite sea una cuestión estratégica de Estado y no anécdota.Y ahí lo dejo, porque si abordo el tema de la resurrección de Juárez y en quién se presume ha reencarnado, corremos el riesgo de terminar en el psiquiátrico.Es cierto, López Obrador hizo a un lado los instrumentos tradicionales de los usos del poder: Los Pinos, Estado Mayor, Avión, despilfarros, lejanía, soberbia; pero para implantar los suyos: mañaneras, el mitin nuestro de cada día, visitas guiadas a Palacio Nacional, cobertura de sus sagrados alimentos en modestos tendejones del camino, rosario de guerras mediáticas contra adversarios altamente vendibles en una permanente fuga hacia delante ante toda realidad incomoda.Como sea, el uso de los arreglos del poder, tradicionales o nóveles, no hace nunca ejercicio efectivo del mismo.

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  • 24-06-2019REFORMA Y DEMOCRACIA

    En México estamos inmersos en reformas políticas y electorales desde 1977.Las ha habido trascendentales y pírricas; necesarias y caprichosas; fundadas y de contentillo.Hoy, el partido en el poder convoca a una nueva reforma a la que solo le falta una cosa: causa.Desde el 2000, elección tras elección hemos sido llevados a reformas sin fin alegadas siempre por el perdedor. Unas con causa y razón, otras por puro chantaje.Hoy, el otrora perdedor ganó con amplio margen y, sin embargo, su partido impulsa una reforma que no tiene más argumento que la austeridad y su llegada al poder.México ha tenido reformas hito, que marcaron un antes y un después. Tomémoslas de ejemplo para comparar propósitos, contenidos y alcances.En la gran reforma del 77 las discusiones fueron sobre la sobre y subrepresentación del sistema de mayoría relativa, los derechos y garantía de las minorías, la apertura democrática, la pluralidad política, el desarrollo político y los derechos y garantías de los partidos políticos.En el 90 discutíamos la credencial de elector y por ende la certeza del voto; la cláusula de gobernabilidad, autonomía y profesionalización de la organización electoral, equidad en la contienda, justicia electoral, fraude en casilla y nulidades.En el 94 la ciudadanización del órgano electoral.En 96 el financiamiento a partidos, la supresión de la cláusula de gobernabilidad, el máximo posible de sobrerrepresentación, la creación de una justicia electoral de pleno derecho, los derechos políticos del ciudadano frente al Estado y los partidos, topes máximos de campaña y equidad en campañas y medios.Otras reformas introdujeron taxativas a la comunicación política y su contratación de medios, hasta llegar a ceder los tiempos del Estado a los partidos, acabando con el gran negocio mediático electoral y, por ende, con la indebida injerencia de los medios en campañas. Por igual se reglaron campañas y precampañas, así como a campañas anticipadas, sin mucho éxito, por cierto, y la promoción personalizada con recursos públicos; se perfeccionaron de instituciones, instrumentos, procedimientos y recursos jurisdiccionales.En cada una de estas reformas los partidos jugaron de juez y parte fortaleciendo a cada paso su poder de chantaje y beneficios, hasta consolidar su partidocracia y el repudio ciudadano del que son justamente objeto.A su vez, a los órganos electorales se les cargó de innúmeras responsabilidades y la desconfianza mítica, tan a la mano de todo reclamo electoral, terminó por construir uno de los sistemas electorales más complejos, kafkianos y caros en el mundo.Por supuesto que hay que hacerle modificaciones, simplificarlo, desregularlo y liberarlo de las cuotas partidistas, centrar de nuevo al ciudadano y a su voto por sobre la voracidad y chantajes partidistas y de burocracias doradas, pero nada de ello se alega como razón y propuesta en la iniciativa de reformas morenistas.La austeridad, siendo necesaria no es suficiente. No se trata solo de ahorrar, sino de ahorrar y mejorar nuestro sistema electoral.Por el contrario, lo que dejan ver los morenistas es que pretenden una conquista punitiva de los órganos electorales, una hegemonía política artificial vía inanición de los demás partidos políticos y cerrar las vías de expresión a la pluralidad nacional.En nada ayuda la intervención cargada de soberbia de Pablo Gómez, alegando cambio de régimen; deja un tufo de que nunca hicieron suyo el compromiso con la democracia y ya llegados al poder acabarán con ella para imponer la dictadura del proletariado. El discurso de Pablo Gómez hoy es más afín al del universitario del 68 que al de un hombre de Estado que ha vivido, y muy bien vivido, al menos desde 1977, de y en la democracia.Quiero creer que no es así y que los anima el propósito de mejorar muchas cosas y excesos de nuestro sistema y aparatos electorales, pero para ello necesitan acreditárnoslos con racionamientos y propuestas lúcidos, creíbles y viables.

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  • 26-04-2019PODER CIUDADANO

    Voz y voto.

    Puedo entender el encono que se respira en México, en mucho cultivado a ciencia y paciencia; más no comparto.

     

    En estas páginas he hecho críticas al Presidente López Obrador, analizando su proceder y confrontándolo con cánones aceptados de comportamiento político. Puedo estar en lo cierto o no; acepto, incluso, que en alguna ocasión me haya ganado la subjetividad y hasta la parcialidad; admito por igual que enfrentamos un cambio de época y que muchos de nuestros instrumentos de análisis pueden estar fuera de foco. No obstante, México no puede seguir por esta ruta de abierta confrontación.

     

    Para que haya pleito, decía mi santa madre, se requieren dos. En alguno debe caber la sensatez para evitar que la sangre llegue al río.

     

    Hemos señalado el perfil épico de López Obrador y su cosmovisión maniquea, de allí que resulte un contrasentido pedirle que sea él quien se serene.

     

    La prudencia nos corresponde y su urgencia nos obliga. No entiendo por prudencia sumisión ni silencio; es más, es nuestra obligación luchar por nuestros derechos y libertades, y no cejar en la defensa de las instituciones, instrumentos y procedimientos de control del poder.

     

    La cuestión es cómo hacerlo.

     

    En el lance nos va de por medio la Nación, así que bien vale la pena ser muy cautos e inteligentes en los medios que utilicemos para hacer valer nuestra ciudadanía. No es cuestión de valientes de cantina, sino de mariscales de campo.

     

    Lo primero sería comprometernos a planteamientos respetuosos y civilizados; no rebajarnos a pleitos de barrio o disputas de lavadero.

     

    En toda democracia el derecho al disenso alinea en importancia con el del consenso, la gran diferencia es que en las democracias su expresión y procesamiento parte de reconocer en el otro los mismos derechos de uno. Permítanme ponerles un ejemplo, se puede discursar como Noroña, pero también como Don Jesús Reyes Heroles, Preciado Hernández, o Rincón Gallardo. Se vale disentir, pero nunca prohibir que se disienta de nosotros.

    Evitemos los ataques personales, las etiquetas y los epítetos. A ello nos conminan mañaneras y redes, pero son una trampa en la que no debemos caer.

     

    Lo segundo sería primar lo importante sobre coyuntural o abiertamente distractor. La mayoría de las rencillas actuales son sobre asuntos baladíes, efímeros o abiertamente populacheros; en tanto los temas vitales han sido expulsados de la deliberación nacional. No nos distraigamos en fuegos de artificios mañaneros, traigamos a la mesa una y otra vez, sin tregua ni cansancio, lo sustantivo. Tarde o temprano, por su propio peso habrá de prevalecer.

     

    Lo tercero sería argumentar con datos duros, comprobables y razones consistentes, no con descalificaciones. La guerra de etiquetas (conservadores y chairos) a nada conduce y sólo nos distrae y ahonda la división. Ha quedado claro que en ese terreno López Obrador tiene maestría, en tanto que si se le lleva a la discusión de fondo y se le cierran las salidas laterales, sus limitaciones afloran como la humedad en pared resquebrajada.

     

    Todo ello requiere paciencia y constancia. Roma no se construyó en un día.

     

    A cada descalificación, un argumento sobre temas torales, no un lance de cantina.

     

    A cada inconsistencia, datos duros, argumentos sólidos, evidencias palmarias.

     

    Cual Ulises, amarrémonos al mástil de la inteligencia y hagamos oídos sordos a las bravatas mañaneras; nuestra Ítaca no está por ese camino.

     

    Lo anterior nos llevará a evitar este circuito in crescendo de belicosidad que ahonda precipicios entre quienes tenemos la obligación y el destino de conservar unido a México: los mexicanos todos.

     

    Finalmente, mucha gente pregunta qué hacer y se advierte impotente para la lucha callejera (marchas y plantones), olvidando su fuerza máxima: el voto y voz ciudadanos. No se necesita formar un partido ni convertirse en Demóstenes en plaza pública, basta con generar una cascada de conversaciones inteligentes y no agresivas sobre los yerros, promesas incumplidas y daños generados: guarderías, desempleo, alza de gasolinas, inseguridad, desorden, concentración del poder, etc.; no planteados en tono de reclamo, ni con descalificaciones personales, sino como vivencias de una situación personal y de nuestro entorno, de suerte de lograr que nuestro interlocutor pueda verse reflejado en el espejo de la circunstancia descrita y se identifique con ella. Ello creará consonancias y sinergias que por sí solas se desplegarán en redes ciudadanas de identidad en la problemática.

     

    No será entonces una acción reactiva y coyuntural, cuanto un propósito claro y orientado a generar aludes de identidad en problemas comunes.

     

    No demeritemos el poder ciudadano de conversar y de votar. Posiblemente para el 21 no surjan aún causa, organización y personajes que encabecen lo que pudiese ser un movimiento político, pero el ciudadano de a pie no necesariamente requiere de partidos ni de próceres para manifestar su rechazo en las urnas a aquello que no comparte o que abiertamente le daña.

     

    Cada ciudadano puede ser un agente del descontento fundado y razonado, un reproductor de mensajes de boca en boca y, finalmente, un voto ciudadano libre, es decir, sin sujeciones clientelares.

     

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Luis Farias

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Luis Farias, colaborador en terevale.com


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