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México D.F. Lunes 16 de Septiembre de 2019 | 10:11


  • Luis Farias

    Luis Farias

  • 24-06-2019REFORMA Y DEMOCRACIA

    En México estamos inmersos en reformas políticas y electorales desde 1977.Las ha habido trascendentales y pírricas; necesarias y caprichosas; fundadas y de contentillo.Hoy, el partido en el poder convoca a una nueva reforma a la que solo le falta una cosa: causa.Desde el 2000, elección tras elección hemos sido llevados a reformas sin fin alegadas siempre por el perdedor. Unas con causa y razón, otras por puro chantaje.Hoy, el otrora perdedor ganó con amplio margen y, sin embargo, su partido impulsa una reforma que no tiene más argumento que la austeridad y su llegada al poder.México ha tenido reformas hito, que marcaron un antes y un después. Tomémoslas de ejemplo para comparar propósitos, contenidos y alcances.En la gran reforma del 77 las discusiones fueron sobre la sobre y subrepresentación del sistema de mayoría relativa, los derechos y garantía de las minorías, la apertura democrática, la pluralidad política, el desarrollo político y los derechos y garantías de los partidos políticos.En el 90 discutíamos la credencial de elector y por ende la certeza del voto; la cláusula de gobernabilidad, autonomía y profesionalización de la organización electoral, equidad en la contienda, justicia electoral, fraude en casilla y nulidades.En el 94 la ciudadanización del órgano electoral.En 96 el financiamiento a partidos, la supresión de la cláusula de gobernabilidad, el máximo posible de sobrerrepresentación, la creación de una justicia electoral de pleno derecho, los derechos políticos del ciudadano frente al Estado y los partidos, topes máximos de campaña y equidad en campañas y medios.Otras reformas introdujeron taxativas a la comunicación política y su contratación de medios, hasta llegar a ceder los tiempos del Estado a los partidos, acabando con el gran negocio mediático electoral y, por ende, con la indebida injerencia de los medios en campañas. Por igual se reglaron campañas y precampañas, así como a campañas anticipadas, sin mucho éxito, por cierto, y la promoción personalizada con recursos públicos; se perfeccionaron de instituciones, instrumentos, procedimientos y recursos jurisdiccionales.En cada una de estas reformas los partidos jugaron de juez y parte fortaleciendo a cada paso su poder de chantaje y beneficios, hasta consolidar su partidocracia y el repudio ciudadano del que son justamente objeto.A su vez, a los órganos electorales se les cargó de innúmeras responsabilidades y la desconfianza mítica, tan a la mano de todo reclamo electoral, terminó por construir uno de los sistemas electorales más complejos, kafkianos y caros en el mundo.Por supuesto que hay que hacerle modificaciones, simplificarlo, desregularlo y liberarlo de las cuotas partidistas, centrar de nuevo al ciudadano y a su voto por sobre la voracidad y chantajes partidistas y de burocracias doradas, pero nada de ello se alega como razón y propuesta en la iniciativa de reformas morenistas.La austeridad, siendo necesaria no es suficiente. No se trata solo de ahorrar, sino de ahorrar y mejorar nuestro sistema electoral.Por el contrario, lo que dejan ver los morenistas es que pretenden una conquista punitiva de los órganos electorales, una hegemonía política artificial vía inanición de los demás partidos políticos y cerrar las vías de expresión a la pluralidad nacional.En nada ayuda la intervención cargada de soberbia de Pablo Gómez, alegando cambio de régimen; deja un tufo de que nunca hicieron suyo el compromiso con la democracia y ya llegados al poder acabarán con ella para imponer la dictadura del proletariado. El discurso de Pablo Gómez hoy es más afín al del universitario del 68 que al de un hombre de Estado que ha vivido, y muy bien vivido, al menos desde 1977, de y en la democracia.Quiero creer que no es así y que los anima el propósito de mejorar muchas cosas y excesos de nuestro sistema y aparatos electorales, pero para ello necesitan acreditárnoslos con racionamientos y propuestas lúcidos, creíbles y viables.

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  • 26-04-2019PODER CIUDADANO

    Voz y voto.

    Puedo entender el encono que se respira en México, en mucho cultivado a ciencia y paciencia; más no comparto.

     

    En estas páginas he hecho críticas al Presidente López Obrador, analizando su proceder y confrontándolo con cánones aceptados de comportamiento político. Puedo estar en lo cierto o no; acepto, incluso, que en alguna ocasión me haya ganado la subjetividad y hasta la parcialidad; admito por igual que enfrentamos un cambio de época y que muchos de nuestros instrumentos de análisis pueden estar fuera de foco. No obstante, México no puede seguir por esta ruta de abierta confrontación.

     

    Para que haya pleito, decía mi santa madre, se requieren dos. En alguno debe caber la sensatez para evitar que la sangre llegue al río.

     

    Hemos señalado el perfil épico de López Obrador y su cosmovisión maniquea, de allí que resulte un contrasentido pedirle que sea él quien se serene.

     

    La prudencia nos corresponde y su urgencia nos obliga. No entiendo por prudencia sumisión ni silencio; es más, es nuestra obligación luchar por nuestros derechos y libertades, y no cejar en la defensa de las instituciones, instrumentos y procedimientos de control del poder.

     

    La cuestión es cómo hacerlo.

     

    En el lance nos va de por medio la Nación, así que bien vale la pena ser muy cautos e inteligentes en los medios que utilicemos para hacer valer nuestra ciudadanía. No es cuestión de valientes de cantina, sino de mariscales de campo.

     

    Lo primero sería comprometernos a planteamientos respetuosos y civilizados; no rebajarnos a pleitos de barrio o disputas de lavadero.

     

    En toda democracia el derecho al disenso alinea en importancia con el del consenso, la gran diferencia es que en las democracias su expresión y procesamiento parte de reconocer en el otro los mismos derechos de uno. Permítanme ponerles un ejemplo, se puede discursar como Noroña, pero también como Don Jesús Reyes Heroles, Preciado Hernández, o Rincón Gallardo. Se vale disentir, pero nunca prohibir que se disienta de nosotros.

    Evitemos los ataques personales, las etiquetas y los epítetos. A ello nos conminan mañaneras y redes, pero son una trampa en la que no debemos caer.

     

    Lo segundo sería primar lo importante sobre coyuntural o abiertamente distractor. La mayoría de las rencillas actuales son sobre asuntos baladíes, efímeros o abiertamente populacheros; en tanto los temas vitales han sido expulsados de la deliberación nacional. No nos distraigamos en fuegos de artificios mañaneros, traigamos a la mesa una y otra vez, sin tregua ni cansancio, lo sustantivo. Tarde o temprano, por su propio peso habrá de prevalecer.

     

    Lo tercero sería argumentar con datos duros, comprobables y razones consistentes, no con descalificaciones. La guerra de etiquetas (conservadores y chairos) a nada conduce y sólo nos distrae y ahonda la división. Ha quedado claro que en ese terreno López Obrador tiene maestría, en tanto que si se le lleva a la discusión de fondo y se le cierran las salidas laterales, sus limitaciones afloran como la humedad en pared resquebrajada.

     

    Todo ello requiere paciencia y constancia. Roma no se construyó en un día.

     

    A cada descalificación, un argumento sobre temas torales, no un lance de cantina.

     

    A cada inconsistencia, datos duros, argumentos sólidos, evidencias palmarias.

     

    Cual Ulises, amarrémonos al mástil de la inteligencia y hagamos oídos sordos a las bravatas mañaneras; nuestra Ítaca no está por ese camino.

     

    Lo anterior nos llevará a evitar este circuito in crescendo de belicosidad que ahonda precipicios entre quienes tenemos la obligación y el destino de conservar unido a México: los mexicanos todos.

     

    Finalmente, mucha gente pregunta qué hacer y se advierte impotente para la lucha callejera (marchas y plantones), olvidando su fuerza máxima: el voto y voz ciudadanos. No se necesita formar un partido ni convertirse en Demóstenes en plaza pública, basta con generar una cascada de conversaciones inteligentes y no agresivas sobre los yerros, promesas incumplidas y daños generados: guarderías, desempleo, alza de gasolinas, inseguridad, desorden, concentración del poder, etc.; no planteados en tono de reclamo, ni con descalificaciones personales, sino como vivencias de una situación personal y de nuestro entorno, de suerte de lograr que nuestro interlocutor pueda verse reflejado en el espejo de la circunstancia descrita y se identifique con ella. Ello creará consonancias y sinergias que por sí solas se desplegarán en redes ciudadanas de identidad en la problemática.

     

    No será entonces una acción reactiva y coyuntural, cuanto un propósito claro y orientado a generar aludes de identidad en problemas comunes.

     

    No demeritemos el poder ciudadano de conversar y de votar. Posiblemente para el 21 no surjan aún causa, organización y personajes que encabecen lo que pudiese ser un movimiento político, pero el ciudadano de a pie no necesariamente requiere de partidos ni de próceres para manifestar su rechazo en las urnas a aquello que no comparte o que abiertamente le daña.

     

    Cada ciudadano puede ser un agente del descontento fundado y razonado, un reproductor de mensajes de boca en boca y, finalmente, un voto ciudadano libre, es decir, sin sujeciones clientelares.

     

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Luis Farias

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Luis Farias, colaborador en terevale.com


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