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México D.F. Sábado 20 de Abril de 2019 | 20:10


  • Mónica Uribe

    Mónica Uribe

  • 09-04-2019El Pastor Andrés

    Dada mi educación laica e integracionista, eso de mezclar religión con la política siempre me pareció extraño y me lo sigue pareciendo. Ahora, más que extraño, me parece peligroso. En 2000, consideré que un crucifijo en la inauguración de Vicente Fox era bastante poco laico, aunque me gustó la transparencia del ex presidente al aceptar que era católico militante y que asistía a misa dominical. Nunca lo escondió, ni hubo duda acerca de su filiación religiosa. De sus antecesores priistas poco se puede decir, porque se cuidaron bastante de expresar su confesión religiosa; todos fueron culturalmente católicos, aunque hubo algunos agnósticos como Luis Echeverría. Durante su sexenio, ninguno de los ex presidentes priistas desde Ávila Camacho hasta Zedillo, que se sepa, fue abiertamente practicante; manejaban el tema religioso de manera muy discreta en lo personal, aunque sus familias eran más abiertas al respecto. Recordemos, por ejemplo, las bodas religiosas de las hijas de José López Portillo y la primera comunión de Nilda Patricia Zedillo, ocurridas durante los periodos presidenciales de sus padres. También, los hijos de algunos presidentes priistas iban a colegios religiosos, por ejemplo, Alfredo Díaz Ordaz Borja.

    De los dos presidentes panistas ni del último priista hubo duda sobre sus creencias religiosas: eran abiertamente católicos, pero ninguno intolerante a otros cultos. En cambio, el presidente López Obrador ha sido complicado hasta en eso. Mucha gente cree, erróneamente, que es evangélico. Hace muchos años, cuando su primera esposa vivía, esto antes del 2003, se le veía cada domingo en misa en la parroquia de Santa María Reina, mejor conocida como el CUC, a escasos metros de Ciudad Universitaria. Esto me lo confirmó un padre dominico que estaba adscrito a esa iglesia.

    AMLO es católico, tanto que si no lo fuese no se entendería que haya invocado al Sagrado Corazón de Jesús y enseñado una estampa con la imagen, sacándola de su cartera. Ante los obispos de la CEM, según refieren fuentes cercanas, aseguró ser católico pero que buscaba acercarse a los cristianos de otras denominaciones, como signo de pluralidad; por eso aceptaba bendiciones públicas de pastores evangélicos y lo mismo se puede decir del performance posterior a su toma de posesión en el Zócalo cuando fue sahumado por chamanes de los pueblos originarios y con los ritos propiciatorios a la Madre Tierra para la construcción del Tren Maya. Aunque resulte anecdótico, todo esto revela el talante místico, aunque pragmático de López Obrador.

    Lo más reciente sobre la religiosidad que le anima fue el “sermón” del fin de semana pasado. López Obrador dijo, palabras más o menos, que no se puede ir a la Iglesia ni al templo los domingos si se es deshonesto, porque se violan los mandamientos, que la deshonestidad y la mentira son pecado social y que ya está hasta el copete de los pleitos. No es broma, el presidente de la República parece convertirse en un “rey-profeta” cuasi bíblico que puede determinar quién peca y quién no. Está entre un moderno Aarón - hermano mayor de Moisés y supremo sacerdote de Israel -  y el rey David - rey y sacerdote-. Es obvio que en un Estado nacional laico como es México, un presidente que sermonea al pueblo y le dice si es apto o no para acudir a un sitio de culto está fuera de lugar. López Obrador trasgrede el espacio privado de la fe y el público de la manifestación de esa misma fe. Por supuesto que le asiste el derecho a profesar la fe que mejor la acomode y hasta expresarla, pero sucede que en este momento es presidente de México, por lo que es un ciudadano singular cuyo criterio tiene un peso excepcional entre el resto de la población. El que nada más hable de los diez mandamientos atañe a las religiones abrámicas – judíos, cristianos y musulmanes -  pero ¿qué pasa con el resto?

    Da la impresión de que el presidente López Obrador tiene la idea, ojalá me equivoque, de que sólo la gente religiosa es buena o susceptible de tener una ética. A un ateo o a un agnóstico francamente no le interesa ir a un templo, pero puede tener una moralidad y una ética impecables. Y como de todo hay en la viña del Señor, resulta que este país tiene una pluralidad religiosa nada desdeñable. Entonces ¿por qué el presidente sólo se dirige a quienes profesan una fe religiosa? Todos, creyentes o no, somos mexicanos ¿o no?

    El usar un lenguaje religioso o pararreligioso desde una tribuna política puede resultar peligroso. Lo absoluto no puede mezclarse con lo contingente sin riesgo de caer, en este caso, en el mesianismo. El horno no está para Savonarolas tropicales. Y eso es precisamente el principal punto de crítica desde ya hace algunos lustros. La tesis de Enrique Krauze sobre la personalidad mesiánica de López Obrador se está comprobando punto por punto.

    Lo que me extraña es que sólo a pocos parece molestarles este tono pararreligioso del discurso presidencial y poco o nada le afecta al presidente en términos de aprobación popular. Se podría decir que en algunos sectores hasta gusta ese talante redentorista. Sin embargo, la democracia significa gobernar para todos y garantizar el derecho de las minorías. Justo es eso lo que se espera de un presidente de la República, que respete y haga respetar el orden constitucional por todos y para todos. Ello significa no excluir a quien carece de convicciones religiosas. Ojalá el presidente se dé cuenta de que la laicidad, entre otras cosas, supone el absoluto respeto a quienes difieren de nuestros puntos de vista y, también, que el tono religioso no es recomendable para su investidura.

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  • 01-04-2019¿Disculpas?....¿para qué?

    La filtración de la carta del presidente López Obrador al rey de España es un hecho político singular, porque se trataba de una negociación de altos vuelos - por decirlo así - con miras a la conmemoración del quinto centenario de la caída de Tenochtitlan o la conquista de México.

    En lo personal, me parece un asunto zanjado y me asumo como producto de los infinitos cruces de razas que sólo pueden darse en este país, donde de verdad confluyeron Oriente y Occidente a la mitad del camino. México, quiérase o no, es un país de migrantes y mi entorno familiar refleja esa situación. Por eso me parece fuera de lugar y extemporáneo la exigencia de una disculpa a los españoles actuales por los abusos de la conquista, cuando precisamente ni ellos ni sus ancestros fueron los responsables. En todo caso son los ancestros peninsulares de muchos mexicanos - me incluyo - los que tienen responsabilidad. Pero cuando pienso en los mexicanos con doble nacionalidad - mi hijo y su padre, mis hermanos, mis primos - realmente siento que el conflicto se pone peor: ni modo que se exijan a sí mismos disculparse por las atrocidades de una conquista que al final de cuentas los constituye hasta genéticamente, aunque también son producto de migraciones mucho más cercanas en el tiempo, como el propio presidente López Obrador.

    He cavilado sobre las razones de la exigencia “diplomática” y no puedo menos que pensar de que se trata de una cuestión ideológica. La cuarta transformación requiere de un nuevo discurso historiográfico para la construcción del nuevo sistema político que pretende configurar López Obrador, quien se erige como el caudillo que sacará a México de la corrupción y la pobreza. Esta empresa fue encomendada, a la esposa de López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, como presidenta honoraria de la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México, unidad administrativa de reciente creación cuyo objeto es garantizar la pervivencia de la memoria de la “epopeya” de su cónyuge como “el creador” un nuevo régimen.

    Según se dice se menciona y se comenta en corrillos, la idea de enviar una carta no sólo a Felipe VI, sino al Vaticano y a los gobiernos de Francia y Austria (que no han recibido tal misiva, al parecer), solicitando ¿exigiendo?, que dichos gobiernos pidan perdón a los pueblos originarios de México por los atropellos infligidos, fue idea del director del Fondo de Cultura Económica - Paco Ignacio Taibo II - y de la señora Gutiérrez de López. Es curioso que ambos tengan tan poco en común con los pueblos originarios, especialmente Taibo que nada tiene de indígena, y sean ellos precisamente quienes exijan una revisión historiográfica de la Conquista y el periodo virreinal, aparejada con las disculpas del reino de España y de la Santa Sede a los pueblos originarios por los abusos derivados de los tres siglos de dominación española, según ellos con el propósito de reflexionar sobre la memoria histórica para una auténtica reconciliación de los pueblos.

    La historia es una de las disciplinas que más amateurs tiene y eso no tiene nada de malo. Yo misma no soy historiadora de origen, sino politóloga aunque estudié la maestría y el doctorado en historia. La historia tiene una metodología y una teoría propias que le dan una identidad y sentido para realmente hacer historia, si no de una manera absolutamente neutral, sí lo suficientemente ilustrada como para reconocer avances y la existencia de distintos enfoques, sin más pretensión que la búsqueda de la verdad. En este caso, el problema real es la instrumentalización de la historia desde las esferas políticas. Dicho de otro modo, estamos ante la invasión de la autonomía científica de la historia - que es una narración con el propósito de verdad lo que le distingue básicamente de la literatura – por intereses políticos, cuyo propósito no es la verdad, sino la gestión del poder.

    Es evidente que la nueva clase política se aferra a la historia oficial posrevolucionaria sustentada no sólo en verdades a medias, sino francamente dependiente de la leyenda negra antiespañola generada por las corrientes historiográficas positivistas germanas y del el mundo anglosajón, que desde el siglo XVI se enfocaron a presentar una imagen patética de España, en aquel entonces en pleno esplendor. Esa leyenda negra fue la que los criollos novohispanos y posteriormente los liberales del siglo XIX asumieron como parte de la legitimación del nuevo Estado nacional, que los orilló a defenestrar todo lo que oliese a la herencia hispánica y a buscar un modelo alternativo; lo hallaron en Estados Unidos. Eso explica por qué es más fácil para López Obrador pasar por alto las ofensas de Trump, que dejar de quejarse por la conquista después de quinientos años y doscientos de vida independiente.

    El avance en la escritura de la historia sobre la etapa virreinal y la conquista; ha derribado muchos mitos, especialmente los relacionados con la intrínseca bondad de los pueblos originarios y la maldad de los conquistadores, sin cegarse ante las atrocidades cometidas. Tan real es el tzompantli como el apoyo a los tlaxcaltecas a los conquistadores españoles, lo mismo que la acción evangelizadora de la Iglesia que atemperó la crudeza de la conquista como el forzamiento inicial a la conversión. Este reclamo presidencial de perdón para la reconciliación de cara a los 500 años de la caída de Tenochtitlán tiene una veta pararreligiosa con la que personalmente no concuerdo, porque da la impresión de que todo lo quiere resolver a partir de esta fórmula del perdón como corolario de la justicia, lo que está muy bien para un discurso salvífico y espiritual, pero no para un jefe de Estado laico, y menos cuando se trata de una demanda reiterada que desconoce hechos históricos.

    Tanto España como la Santa Sede se han disculpado con anterioridad por los abusos de la conquista de América. En diciembre de 1836, España y México entablaron relaciones diplomáticas mediante el tratado Santa María-Calatrava (Miguel Santa María por México y José María Calatrava por España). Ambas partes juraron perdonarse para siempre por todos los agravios. Dicho tratado fue suscrito por el presidente José Justo Corro (1836-1837) y por María Cristina de Borbón, regente durante la minoría de edad de su hija Isabel II. Por lo que toca a la Santa Sede, el vocero del Vaticano afirmó que el Papa Francisco ya había pedido perdón en Bolivia en 2017 y desde 1992, Juan Pablo II hizo lo propio.

    Otro de los argumentos es que existe un odio generalizado por los españoles en el siglo XXI. Me parece una afirmación bastante temeraria, aunque también es cierto que hay algunos núcleos antihispanos, como el del diputado tabasqueño (de Morena) que demostró ser un xenófobo de primera (aparte de ignorante) al declarar que los “españoles eran la peor raza”. No se ha enterado de que si hubiesen llegados los ingleses en lugar de los españoles a las costas de Tabasco, probablemente no existiríamos ni él ni yo ni los descendientes de los pueblos originarios.

    Es verdad que el encono contra España y la Santa Sede fue un discurso recurrente de los liberales mexicanos durante el siglo XIX y las primeras tres décadas del siglo XX. Pero resucitarlo es un sinsentido. Ello no obsta para exigir que se aplique cabalmente la legislación nacional a las empresas españolas que actualmente se han beneficiado de las prácticas corruptas, tampoco para exigir transparencia a la Iglesia.

    Ahora hay una irritación innecesaria diplomática innecesaria que procede del interés por construir una imagen ultranacionalista del nuevo régimen, mediante la instrumentalización del discurso histórico para ajustarlo a las necesidades políticas de legitimación. De paso constituye una cortina de humo distractora de las acciones de gobierno que resultan cuestionables y criticables, creando un enemigo externo artificial sobre el cual cebar todos los rencores. Culpar a España o a la Iglesia de todos los males que históricamente han aquejado a los mexicanos es una de las tantas facetas del socorrido victimismo nacional. La politización de la historiografía no suele arrojar buenos resultados, menos si está mal hecha.

    ¿No se da cuenta López Obrador que al construir un nuevo discurso ultranacionalista refuerza entre un importante segmento poblacional la idea de que estamos entrando en una espiral autoritaria?

     

     

     

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Mónica Uribe

Mónica Uribe

Politóloga e Historiadora


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